Orígenes, virtudes y peripecias del derecho a la verdad

Orígenes, virtudes y peripecias del derecho a la verdad

En el contexto de un tema tan concluyente como el genocidio de los armenios, al igual que en los crímenes contra la Humanidad, una explicitación clara de los fundamentos en que se asienta el derecho a la verdad resulta tan oportuna como necesaria.

Por esta razón considero conveniente reflexionar sobre el análisis jurídico e histórico de este derecho y a tal fin propongo algunas consideraciones contenidas en el Informe que presentara como relator especial ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (luego, Consejo de Derechos Humanos) en enero de 2006.

El Informe reseña, en uno de sus capítulos, los aspectos más significativos de este derecho y las vicisitudes históricas por las que atravesó hasta lograr su consagración jurídica y su proyección universal como un derecho autónomo e inalienable y como componente indisoluble del derecho a la justicia.

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La condena de los genocidios

La condena de los genocidios

24 de abril de 2015
Publicado en Diario Clarín el 24 de abril de 2008

Hoy se conmemora un nuevo aniversario del genocidio cometido contra el pueblo armenio casi un siglo atrás. Este recuerdo invoca a la tolerancia, el derecho a la verdad histórica y el respeto por la dignidad humana como base del respeto entre los pueblos.

Por:  Leandro Despouy

La consagración del derecho a la verdad como un derecho fundamental, de carácter autónomo e inalienable, traduce la dimensión ética de los nuevos parámetros que regulan la vida internacional. La lucha contra el olvido y la impunidad ha adquirido una legitimidad tal que desborda el hermetismo de las relaciones interestatales y se proyecta incluso sobre aquellas realidades nacionales sometidas históricamente a la dictadura del silencio.
En el caso del genocidio cometido por el Imperio Otomano contra los armenios entre 1915 y 1923, esto se expresa en una sucesión de reconocimientos en todo el mundo: decenas de países, parlamentos, comunas, etc. lo han hecho en forma expresa. La Argentina -donde el tema es política de Estado- es un ejemplo de ello: dio sustento y amparo a la comunidad armenia, apoyó su causa y además de participar activamente en su reconocimiento en las distintas esferas internacionales lo hizo también por ley, como Francia y Suiza.

Según la Ley Nø 26199 el 24 de abril es en nuestro país el “Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos” y “Día de recordación de las víctimas del Genocidio Armenio”. Esta tendencia universal que ha adquirido en la actualidad, al extremo de que el Parlamento Europeo condiciona la incorporación de Turquía al reconocimiento de dicho genocidio, contrasta con el autismo negacionista que dominaba el mundo hasta 1985, cuando, en el seno de un grupo de expertos de las Naciones Unidas, por primera vez la palabra “genocidio” pudo acompañar a la palabra “armenio”.

Pero lo que está en juego hoy, no es la discusión sobre la verdad histórica, sino la falta de su asunción por parte del Estado turco y las consecuencias traumáticas que tiene para la sociedad de ese país la imposición del negacionismo, así como también para las instituciones y el ejercicio de los derechos humanos -en particular el derecho a la vida y a la libertad de expresión-. Acredita esta afirmación el asesinato en 2007 del periodista de origen armenio Hrant Dink en manos de un nacionalista turco, en represalia por su prédica a favor del reconocimiento. Su entierro fue acompañado por más de 100.000 personas que colmaron las calles de Estambul bajo la consigna “todos somos armenios”.

Otra consecuencia es el tétrico artículo 301 del Código Penal que identifica el reconocimiento del genocidio como un atentado contra la “identidad turca” y por el que están acusados más de un centenar de intelectuales turcos -se considera que quien lo infringe “humilla a la patria”- entre ellos Orhan Pamuk, Premio Nobel de literatura.

A 93 años de aquellas atroces matanzas, estas medidas aparecen como un intento para frenar la emergencia inexorable de una realidad que ha permanecido soterrada en la memoria colectiva y en particular en la de millares de armenios y otras minorías que viven en Turquía y que, a pesar de que en muchos casos se vieron obligados a cambiar de religión o de nombre para salvar su vida, conservan intacta su identidad.

En 1985, cuando debatíamos en la ONU la aprobación del Informe de Whitaker que hacía mención del genocidio armenio, uno de los argumentos que esgrimía la delegación turca para oponerse a su reconocimiento, era la posibilidad de que este hecho estimulara acciones violentas de jóvenes armenios que se habían lanzado a hacer justicia por mano propia contra diplomáticos turcos.

Sin embargo, esto no fue así y luego de la histórica sesión en la que se aprobó, no se registró un solo atentado terrorista por parte de la Diáspora armenia. La verdad entrañó la paz y, por el contrario el negacionismo continúa cobrando víctimas. En un día como hoy, en que se memora a las víctimas del genocidio armenio invocando a la tolerancia como la base del respeto entre los pueblos, los argentinos y armenios que tanto hemos luchado por la verdad, debemos tener presente el ingrato destino de quienes, todavía, en Turquía, no han podido ni siquiera relatar su silenciado infortunio.

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Genocidios: el derecho a la verdad

Genocidios: el derecho a la verdad

24 de abril de 2015
Publicado en Diario Clarín el 24 de abril de 2006

Hoy se conmemora un nuevo aniversario de la primera guerra de exterminio del siglo XX, cometida contra el pueblo armenio. El recuerdo explica además la estrecha relación entre memoria y justicia.

Por Leandro Despouy

Hoy, 24 de abril, se conmemora un nuevo aniversario de la primera guerra de exterminio del siglo XX, en repudio a las crueles y reiteradas matanzas de armenios que entre 1915 y 1923 llevaron a cabo el Imperio Otomano y el Estado de Turquía y que no sólo se cobraron la vida de un millón y medio de personas sino que además condenaron al destierro y al desarraigo a gran parte de la comunidad armenia de entonces.

Sin embargo, recién en 1985 un Informe de la Subcomisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas logró consignar la primera referencia fehaciente sobre este crimen, precedida de infructuosos intentos que se estrellaban contra la intransigencia del gobierno turco y la tenaz complacencia diplomática de muchos Estados.

Algo similar aconteció cuando en nuestro continente se registraban violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos y era difícil lograr de los organismos internacionales condenas claras a la despiadada represión desatada en nuestros países.

Para aquel entonces, la verdad no se ventilaba en los debates públicos de los foros internacionales. El principio de “no injerencia en los asuntos internos” alentaba las más descaradas y espurias complicidades.

Hoy es distinto, la verdad erigida en categoría de derecho rompe el hermetismo de la razón de Estado y proyecta su luz sobre otros actores vitales como son los ciudadanos, las asociaciones, y en particular las víctimas, históricamente apartados de las decisiones gubernamentales aunque ellas conllevaran la más burda y lacerante impunidad.

La Argentina tuvo la feliz iniciativa de solicitar a la ONU un estudio sobre este derecho y a mí, como Relator Especial, me ha cabido el privilegio de viabilizarlo, en lo que respecta a mi mandato, en el Informe General queserá examinado próximamente por el nuevo Consejo de Derechos Humanos.

No se trata de una construcción jurídica abstracta, sino del paciente acopio de experiencias nacionales y los múltiples progresos que se han registrado en el ámbito internacional.

Pero la historia de este derecho no fue pacífica. Surgió de los escombros de la Primera y Segunda Guerra Mundial, frente a la incertidumbre sobre el paradero de soldados y víctimas.

Nació del angustioso reclamo de los familiares de nuestros desaparecidos que aún buscan sin descanso una respuesta verídica a lo sucedido. Germinó en el secreto dolor de las diásporas, como lo acredita el denodado empeño de millones de expatriados armenios que tuvieron que esperar casi un siglo para que la palabra “genocidio” traspasara los umbrales de las Naciones Unidas y rompiera así el más prolongado pacto de silencio de las grandes potencias.

En casos de violaciones manifiestas de los derechos humanos, la obligación de los Estados de investigar entraña un conocimiento pleno de los actos que se hubieran producido, de las personas que participaron en ellos y de las circunstancias específicas, en particular las violaciones perpetradas y sus motivaciones.

En el caso de personas fallecidas o desaparecidas la obligación incluyeconocer la suerte y el paradero de las víctimas. De esta forma el derecho a la verdad se vincula a uno de los preceptos culturales más antiguos de la humanidad, como es el ancestral derecho al duelo y, como lo reseña la tragedia griega en Antígona, a enterrar a sus muertos.

Recordemos que fue el ejercicio de este derecho lo que posibilitó la recuperación de muchos niños hijos de desaparecidos, tal como lo refleja la notable labor de las Abuelas de Plaza de Mayo.

Pero las víctimas directas no son las únicas titulares de este derecho. Los hechos aberrantes que presupone extienden el agravio a toda la sociedad y confieren a cada uno de sus integrantes legitimidad para invocarlo, ejercerlo y llevar adelante los reclamos.

El derecho a la verdad contiene una dimensión ética insoslayable, puesto que su finalidad última es restablecer la dignidad de las víctimas y evitar la reiteración de los hechos y las circunstancias que los suscitaron.

Desde esta perspectiva, el principal fundamento de la reconstrucción del pasado es impedir su repetición en el futuro. Ello explica que la obligación de investigar se transmite a los sucesivos gobiernos. Por esa razón, en la práctica, las leyes de amnistía o de perdón sólo son compatibles con el derecho internacional si previamente se han realizado los derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación.

Las experiencias nacionales e internacionales muestran hasta qué punto la lucha por la verdad se fortalece con el transcurso del tiempo. La labor desarrollada por las llamadas Comisiones de la Verdad y el desempeño de tribunales internacionales también lo acreditan.
Recordar el genocidio armenio nos permite trazar la imagen de la humanidad a lo largo de un siglo y retratarla en dos momentos distintos y opuestos.

Primero, el silencio, la verdad enclaustrada, la prohibición de pronunciar en público la expresión “genocidio”, si la acompañaba la palabra “armenio”. Y ahora, al final, la verdad desnuda, rasguñada y herida por décadas de negación y hostigamiento pero que definitivamente, renace como expresión de una nueva conquista transformada en el derecho inalienable de las personas y de los pueblos a edificar su historia desde la verdad y la justicia.

Fuente

“Lecciones de la historia, 100 años del genocidio armenio, 70 años de la liberación de Auschwitz”

“Lecciones de la historia, 100 años del genocidio armenio, 70 años de la liberación de Auschwitz”

Convocado por la Subsecretaria de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires seré expositor junto a Marcos Aguinis en el encuentro “Lecciones de la historia, 100 años del genocidio armenio, 70 años de la liberación de Auschwitz”.

Este jueves 23 de marzo, en la Sala Javier Villafañe de la 41º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.