Adiós al amigo Sergio Vieira de Mello

Adiós al amigo Sergio Vieira de Mello

27 de agosto de 2003 
Diario La Nación

Por Leandro Despouy

Nos conocimos hace ya unos cuantos años. Desde entonces, nuestras vidas se reencontraron en distintos lugares y en muy variados escenarios. Siempre con la impronta de un nuevo desafío. Si algo caracterizó la trayectoria de Sergio Vieira de Mello fue precisamente su perpetuo dinamismo. Antes de completar una misión, de las tantas que le fueron encomendadas, ya ponía en marcha la siguiente.

Apenas ocho meses después de haber sido designado alto comisionado para Derechos Humanos, fue requerido por el secretario general de las Naciones Unidas para que, transitoriamente, lo representara en Bagdad, uno de los lugares más candentes y riesgosos del planeta. Me constan sus fundadas reticencias. Sospecho que el argumento que lo empujó a aceptar tamaño desafío fue que sólo alguien como él, que tenía tanta experiencia en el terreno y gozaba de gran reconocimiento internacional y de la confianza de los distintos actores, podía contribuir a frenar el desprestigio que la guerra de Irak había acarreado a las Naciones Unidas y reiniciar una lenta recomposición.

En mayo de 2002, Sergio Vieira de Mello venía de protagonizar la histórica experiencia de reconstruir un país de las cenizas, del brazo de la ONU: la peculiar y estratégica isla de Timor Oriental. En 1999, luego de un plebiscito favorable a la independencia, las tropas de Indonesia -que ocupaban la isla desde 1974- se retiraron, poniendo en práctica la estrategia de la tierra arrasada: destruyeron e incendiaron el 94 por ciento del patrimonio habitacional de la isla y provocaron sucesivas masacres, calificadas por las Naciones Unidas como crímenes de lesa humanidad.

Allí llegó Sergio, para restablecer la paz y construir desde los escombros un país desgarrado por la pérdida de más de 200 mil personas en 25 años de ocupación.

En dos años de transición y en forma inédita para la ONU, Sergio Vieira de Mello lideró un gobierno de reconstrucción nacional integrado en gran medida por personalidades timorenses. Se consolidó la paz, se adoptó una primera Constitución, se establecieron instituciones de Estado y, finalmente, la comunidad internacional reconoció la independencia.

La exitosa experiencia de Timor no desdibujó la huella de las anteriores proezas de su ya legendaria trayectoria. En el ámbito internacional, todos recuerdan su destreza en las negociaciones multilaterales, así como su compromiso y su inagotable entrega para resolver los más graves desafíos humanitarios. Tal fue el caso de su actuación en el contexto del trágico conflicto que se desató en la Región de los Grandes Lagos, al este del continente africano, como también durante la prolongada guerra en la antigua Yugoslavia, especialmente en Bosnia y Herzegovina. Tuvo también a su cargo las complejas operaciones de socorro a miles y miles de refugiados vietnamitas, laosianos y camboyanos que huían del terror en frágiles y sobrecargadas balsas sacudidas por los violentos mares del sudeste asiático. Todos valoraban, además, su desempeño en el contexto de las administraciones transitorias de las Naciones Unidas en Camboya (1991) y en Kosovo (1999), sin omitir su experiencia juvenil en Sudán, en Mozambique y en otros lugares de conflicto. La labor desarrollada por la Fuerza Interina de la ONU en el Líbano, de la cual fue asesor en cuestiones políticas de 1981 a 1983, le valieron a la ONU su primer Premio Nobel de la Paz.

ESPERANZA LATINOAMERICANA

Creo no equivocarme si digo que Sergio Vieira de Mello era el funcionario de las Naciones Unidas que había desarrollado la trayectoria más exitosa y destacada, y muchos alentábamos en forma pública la esperanza de que fuese él quien sucediera a Kofi Annan, permitiendo así a nuestra región recuperar la titularidad de la Secretaría General de las Naciones Unidas. Con su muerte, América latina pierde a uno de sus principales exponentes y el mundo se priva de uno de sus más prolijos constructores de la paz.

Pero, más allá de su desempeño y valentía, lo impactante de Sergio eran su inteligencia y la calidez de su refinado trato personal, que se sumaban a su fuerza vital y prestancia física.

Los últimos contactos directos e indirectos que mantuvimos, ya con él en Bagdad, mostraban su intacta vocación de lucha y su apego a los valores e ideales de las Naciones Unidas. Con toda lucidez, reclamaba una mayor participación de América latina para descontaminar la preeminencia unilateral del conflicto, y frenar así una creciente escalada de violencia que, con el transcurso de los días, habría de confirmar su rumbo inexorable.

Por haber vivido situaciones similares, mi mayor inquietud surgió cuando el 14 de agosto último el Consejo de Seguridad aprobó la Resolución 1500 (2003), y ello, más que por su contenido, por la forma en que fue presentada. Los comentarios sobre los alcances de la Resolución 1500 no surgieron, en forma mayoritaria, de los más altos responsables de la ONU, sino de los más destacados funcionarios, diplomáticos y políticos de los principales protagonistas del conflicto. Tampoco trascendió mucho el comentario de los países que apoyan la resolución pero que en su momento se habían opuesto a ella.

Muchos tenemos clara conciencia del riesgo que siempre representa el desfase entre la explotación política de la acción diplomática y la realidad enfrentada por el personal internacional en el terreno.

Aún recuerdo la mirada helada del general Cedras en aquellas jornadas dramáticas de 1993 en Puerto Príncipe, cuando al ver por televisión la forma exultante en que los diplomáticos acreditados en Nueva York festejaban que el Consejo de Seguridad hubiera aprobado el embargo de armas y petróleo al régimen de Haití, me dijo: “¡Despouy, nuestra charla ha terminado!” Para añadir, sin sutileza alguna: “No se olvide que entre esta fortaleza y su hotel hay cuatro kilómetros de camino de cornisa… y mientras los embajadores festejan con champagne, usted ni siquiera dispone de custodia”.

Siempre nos entusiasmó trabajar juntos y, sobre todo, madurar juntos algunas decisiones de importancia. En enero de 2002 nos encontramos en Dilli, adonde yo había sido invitado en mi calidad de presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Y fue allí donde Sergio me adelantó su decisión de aceptar el cargo de alto comisionado de las Naciones Unidas para Derechos Humanos. A principios de este año solicitó mi colaboración para ofrecer una presencia constructiva de las Naciones Unidas en Venezuela, e incluso informó a nuestra Cancillería que era deseo de Kofi Annan nombrarme su representante para las cuestiones de ese país. Mis funciones actuales me impedían asumir una tarea de semejante envergadura.

EL RECUERDO VIVO

Deliberadamente, no me refiero al horror que estigmatizó el atentado, ni a los sombríos vaticinios que el hecho dibuja para el futuro de la ONU. Los que nos opusimos a la guerra sabíamos entonces y sabemos ahora que ella es el prólogo de momentos aún más dramáticos y violentos para la humanidad. Prefiero mantener intacto el recuerdo de Sergio, su vivacidad, su alegría, su enérgico entusiasmo y su sentido romántico de la vida.

Hace algunos meses, aquí en Buenos Aires, adonde había venido de visita con su compañera argentina, Carolina Larriera, me dijo: “Yo pasé parte de mi primera infancia en esta ciudad. Mi padre era diplomático. Aún recuerdo mi pequeño triciclo, los patios de Buenos Aires, su luz intensa y diáfana. Quiza no sea casual que la brújula de mis afectos haya encontrado en los ojos celestes de Carolina el espejo de este cielo”.

Fuente

Derechos humanos: el desafío actual es lograr la equidad

Derechos humanos: el desafío actual es lograr la equidad

10 de diciembre de 2001
Diario Clarín


En el Día Internacional de los Derechos Humanos, un análisis de los logros en el campo civil y político, y de las deudas en el aspecto social, económico y cultural.

Por Leandro Despouy.

Vista en perspectiva, la Declaración Universal de Derechos Humanos expresó una nueva concepción del mundo y de las relaciones entre los individuos y el Estado, y de éstos entre sí.

La posibilidad con que cuentan las personas en la actualidad para actuar como sujetos de derecho internacional representa una verdadera ruptura del pensamiento jurídico y político tradicional que sólo reservaba al Estado dicha capacidad y, al mismo tiempo, pone de relieve la dimensión ética que debe imperar en las relaciones internacionales.

En un mundo aún devastado por la guerra y en plena confrontación ideológica, el texto adoptado aquel 10 de diciembre de 1948 fue el pilar en que se asentó una vision distinta de lo humano y lo político, representando, a su vez, el renacer del humanismo. En este sentido, los derechos humanos han encarnado la revolución cultural más importante del siglo que dejamos y la Declaración Universal se cuenta entre las principales herencias que recibe el milenio que comienza. Su texto se ha ido transformando en una suerte de Carta Magna o Constitución universal.

Pero más allá de los progresos registrados en el ámbito normativo, es importante destacar que la mayoría de los instrumentos internacionales que se han adoptado durante los últimos cincuenta años disponen de sus respectivos órganos de control o supervisión, conformando así una verdadera pluralidad de mecanismos internacionales de tutela de los derechos humanos que lejos de excluirse se complementan y cuya función primordial es reforzar la protección que se les confiere en el ámbito interno.

Más aún, la complementariedad que se registra entre los órganos del sistema universal de las Naciones Unidas se verifica también con los distintos sistemas regionales de protección, que en algunos casos han alcanzado un nivel equivalente o superior al universal, como sucede con el sistema interamericano y europeo.

Un progreso también relevante ha sido el reconocimiento de los derechos llamados de la solidaridad, de los pueblos o de la tercera generación. Estos “nuevos derechos humanos” reflejan una peculiar concepción de la vida en comunidad. Sólo pueden adquirir existencia real mediante los esfuerzos conjuntos de todos los componentes de la sociedad: individuos, ONG, Estado, entidades públicas y privadas, como ocurre, entre otros, con el derecho a un medio ambiente sano, el derecho a la paz, el derecho al patrimonio común de la humanidad, el derecho al desarrollo.

Otro campo en el que se ha registrado un desarrollo notable es el de laregulación jurídica de la violencia. En él, las normas de derechos humanos se yuxtaponen y se funden con el Derecho Humanitario, con el objeto de reforzar la protección de los individuos y de las poblaciones en situaciones de crisis y, al mismo tiempo, contener la propagación de la violencia.

Los llamados “estados de excepción” ya no son, como lo fueron hasta hace dos décadas, el reino de lo arbitrario. Lejos de ello, los mecanismos de supervisión internacional también controlan el ejercicio racional de los “poderes de crisis” y la legalidad de las medidas adoptadas por los gobiernos bajo ese tipo de circunstancias. La creación de los Tribunales para Ruanda y para la ex Yugoslavia, y en particular el futuro establecimiento de la Corte Penal Internacional, constituyen progresos significativos en esta dirección.

De esta manera y con el transcurso del tiempo, se ha ido consolidando en la conciencia de los pueblos la convicción de que el prestigio de un país no descansa solamente en la grandeza de su pasado ni en el poder de su economía, sino más bien en la forma en que sus habitantes disfrutan de los beneficios de la libertad y acceden plenamente al ejercicio del conjunto de los derechos humanos.

Pero los prodigios de esta evolución normativa se contraponen visiblemente con el mapa de severas violaciones que a diario se registran, y en particular con una situación como la actual, que ofrece un panorama tan sombrío como inquietante, tanto por el súbito recrudecimiento del terrorismo, la creciente proliferación de los conflictos, la forma en que éstos se desarrollan, como por el agravamiento de las condiciones socioeconómicas, que están gangrenando los cimientos en que se asientan las más importantes conquistas jurídicas y políticas.

En efecto, si observamos el contraste que presentan algunas regiones —como es el caso de América latina, Europa del Este, entre otras— donde se han producido importantes progresos en el ámbito institucional en los dos últimos decenios, pero al mismo tiempo se ha agravado considerablemente la situación socioeconómica de una gran parte de la población, estamos obligados a preguntarnos: ¿cuál es la verdadera salud de nuestras democracias? ¿Se respeta o no el conjunto de derechos humanos consagrados en la Declaración Universal? ¿En qué medida la privación de algunos de ellos no compromete a largo plazo la vigencia de todos?

La democracia a medias

Estos tres interrogantes resumen en gran medida una de las principales preocupaciones de la actualidad.

Varias regiones presentan, como la nuestra, la particularidad de haber pasado de una situación en la que la democracia era la excepción a un cuadro en el cual el autoritarismo fue retrocediendo, hasta casi desaparecer.

Pero la originalidad de estas transformaciones que cambiaron rápidamente el mapa político de nuestro continente estuvo dada, en lo esencial, por el papel preponderante que ocuparon los derechos humanos durante los distintos procesos de transición a la democracia que se iniciaron entonces. Se pensó, sobre todo al comienzo, que la democracia, por ser una conquista popular, abriría de inmediato los caminos de la prosperidad. La realidad demostró que no era exactamente así.

Bien pronto se comprobó que la crisis existente y largamente arrastrada, junto a las consecuencias de los ajustes económicos, tenían efectos sociales capaces de comprometer el éxito del sistema democrático y de las instituciones que lo conforman y expresan. Así por ejemplo, la intensificación de la pobreza y su extensión a sectores cada vez más amplios de nuestra población han entrañado un creciente proceso de exclusión y marginación social, que afecta en forma dramática el disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales y dificulta el ejercicio real del conjunto de los derechos humanos.

Curiosa y sugestiva coincidencia: en casi todas las regiones los derechos económicos, sociales y culturales registran un marcado retraso normativo. El mundo que se construyó desde los escombros de la Segunda Guerra Mundial parece haberse olvidado de la necesidad de conferir igual exigibilidad a las condiciones indispensables para alcanzar el bienestar.

La notoria disparidad que se verifica entre el alto grado de protección con que cuentan los derechos civiles y políticos —más de una cincuentena de convenios y tratados de alcance universal y regional se encuentran en vigor en esta materia— y la escasa tutela que se otorga a los derechos económicos, sociales y culturales a nivel internacional es la resultante directa del enfoque ideológico que contaminó el debate sobre los derechos humanos a lo largo de casi todo el período que abarcó la Guerra Fría.

Sin embargo, cualquiera sea la explicación histórica de dicho estancamiento, no cabe duda de que la superación de tamaña asimetría debe inscribirse entre los principales desafíos y metas de la actualidad. De lo contrario, difícilmente la humanidad estará en condiciones de frenar la acelerada espiral de exclusión que día a día ensancha su base y que define los contornos más sombríos y peligrosos del proceso de globalización en curso.

Al ingresar en el nuevo milenio debemos tener conciencia de que más allá de la consagración de los derechos resulta imperativo crear lascondiciones materiales y jurídicas que hagan posible su ejercicio.

Resulta claro entonces que avanzar en el terreno de la equidad y la igualdad —que son las únicas puertas de acceso al bienestar general— constituye en la actualidad el camino insustituible por el que deben transitar los distintos países de la región, si pretendemos consolidar nuestras conquistas democráticas, disfrutar de los beneficios de la libertad y crear las condiciones necesarias para un desarrollo humano perdurable.

Fuente

CLARIN-10DIC-DERECHOS-HUMANOS