A propósito de Prueba Contraria:  Ese túnel perverso de la represión

A propósito de Prueba Contraria: Ese túnel perverso de la represión

En la obra teatral Prueba Contraria se replantean preguntas que sobrevuelan hace años: “¿Es posible el perdón sin que este provenga de quien ya no está para otorgarlo? ¿Es posible conservar intacta la representación idílica de un pasado en el que los prejuicios políticos impedían la vida en pareja entre personas de un mismo sexo? ¿Puede un mundo revolucionario ser tan retrógrado como para herir de muerte su esencia progresista?”.

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Prueba Contrariaobra de teatro actualmente en cartel en la ciudad de Buenos Aires, basada en la novela Prova Contrária del dramaturgo brasileño Fernando Bonessi y dirigida por Román Podolsky, no solo retrata una época, sino un momento de violencia y crueldad en el que todas las expresiones del autoritarismo se incrustaron en lo más recóndito de nuestro comportamiento social y enfrenta al espectador con la vigencia de un pasado –el de la dictadura– desde donde es difícil regresar sin reeditar uno a uno sus aspectos más crudos.

La adaptación de Daniel Veronese, Patricio Abadi y Mariano Saba muestra además que el amor, el idealismo y el arrojo juvenil no logran atravesar indemnes ese túnel oscuro y perverso de la represión despiadada, racional y fría que busca eliminar y denigrar los aspectos más nobles y genuinos de la condición humana. A eso apuntaba la violencia estatal de los 70 y los dos personajes que protagonizan la obra prueban hasta qué punto se logra ese objetivo, representado en escenas cotidianas en las que las secuelas del ayer dominan el íntimo escenario de una vida trastocada por los recuerdos.

El logro del hoy, en la magnífica interpretación de Vera, personificada por la talentosa actriz María Laura Cali, es quizás la escena más conmovedora de la obra y se apoya en la decisión íntima de incorporar a la muerte como un dato inexorable y perceptible de la realidad.  Hay ruptura con un pasado desgarrador y al mismo tiempo la culminación de un diálogo agrio, por momentos agitado, siempre frío e hiriente con quien fuera su amor de juventud, pero a quien solo ama desde un sentimiento de culpa indefinible, imposible de redimir,  acentuada con maestría en el rostro implacable y vengativo de Luisa, militante política desaparecida en circunstancias similares a las de la mayoría de nuestros compatriotas, que encarna la experimentada actriz María Figueras.

Pero en Prueba Contraria además de talento interpretativo, se produce un despliegue artístico atrapante, por momentos cáustico, contaminado por algunos rasgos vulgares de nuestra idiosincrasia, vivamente reflejados en las frívolas obsesiones de la vecina de Vera y en el comportamiento de quienes colaboran en la mudanza hacia su nueva vivienda, un departamento en refacción que refleja la precariedad existencial de alguien que busca, en ese cambio, su propia reconstrucción. ¿Es acaso posible semejante hazaña individual estando aún latentes los rastros de la delación arrancada por la tortura? ¿Es posible el perdón sin que este provenga de quien ya no está para otorgarlo? ¿Es posible conservar intacta la representación idílica de un pasado en el que los prejuicios políticos impedían muchas veces la vida en pareja entre personas de un mismo sexo? ¿Puede un mundo revolucionario ser al mismo tiempo tan retrógrado como para herir de muerte su esencia progresista? Si, claro que puede ser. Todo eso estaba presente en aquellos años, en los que el autoritarismo se encarnó inclusive en quienes se erigían en todo lo contrario.

¿El dolor tiene precio? O por el contrario ¿Aceptar una indemnización por el daño sufrido profundiza aún más su vigencia? Cuando la dictadura sancionó la ley que declaraba la muerte presunta de las personas desaparecidas a cambio de una indemnización para los familiares, los organismos de Derechos Humanos y los familiares de las víctimas la repudiaron y prácticamente nadie se presentó a reclamarla. Más tarde, con el retorno a la democracia, se derogó esa ley y la CONADEP estableció que las personas habían desaparecido a causa de la violencia militar. Se abrieron entonces cauces indemnizatorios a los familiares de las víctimas sin que ello implicara la exoneración de responsabilidades de quienes instauraron el terrorismo de Estado en el país. En esas condiciones, la mayoría de los organismos de Derechos Humanos promovieron, a manera de reparación, que el Estado asumiera la indemnización de las víctimas y de sus familiares, y muchas otras medidas en ese sentido.  La Argentina es uno de los países que más recursos ha destinado en favor de las víctimas de la dictadura. Sin embargo, nuestra experiencia implicó un largo proceso que atravesó distintas vicisitudes. Recordemos que había organismos que al comienzo de la era democrática aceptaban las indemnizaciones pecuniarias, en tanto otros, las rechazaban.

La obra nos sitúa en la intimidad de las organizaciones de la izquierda armada, sedimentadas en un clima social revolucionario como respuesta a las sucesivas dictaduras militares que habían sembrado un profundo escepticismo en la viabilidad del sistema democrático en toda la región.

 La puesta de Prueba contraria permite que la obra se desarrolle con deslumbrante veracidad y dramatismo. Se trata de alguien que habrá de instalarse en un lugar adquirido con fondos provenientes de la indemnización por una muerte, de la que ella misma fue víctima y, al mismo tiempo, involuntaria e inevitablemente, parte. Están presentes la culpa y a su vez la pérdida de la persona amada en un contexto de adversidad no solo social sino al interior de su propio grupo de pertenencia. La obra nos sitúa en la intimidad de las organizaciones de la izquierda armada, sedimentadas en un clima social revolucionario como respuesta a las sucesivas dictaduras militares que habían sembrado un profundo escepticismo en la viabilidad del sistema democrático en toda la región. Plantea, con valentía, las contradicciones que se generan en un mundo inspirado en las consignas de un hombre nuevo, pero conducido por una dirigencia rígida y contaminada de autoritarismo, que desampara a sus militantes en un contexto amenazante, cruel y represivo.

Quizás la obra interpele a todos los sobrevivientes, a los que salvó la suerte, el exilio, el miedo, las cercanías o las distancias, lo cierto es que ella nos conduce por circuitos de espejismos y perplejidades desde donde es imposible salir sin que lo ideológico se reconcilie con el alma. Solo una interpretación magistral como la que llevan a cabo María Laura Cali y María Figueras puede acercarnos a la convicción de que la vida puede conducirnos, algún día, a un “basta ya”… definitivo… para comenzar a vivirla plenamente.

Prueba contraria puede verse  en la sala Fuga Cabrera, Cabrera 4871 – Timbre C de la Ciudad de Buenos Aires. Sábados 23.

*Político y abogado defensor de los derechos humanos. Desde el año 2002 preside la Auditoría General de la Nación, órgano estatal autónomo encargado del control del manejo de fondos públicos por parte del Poder Ejecutivo.

Fuente

Reseña del libro “Muertes Fabulosas” de Juan Andrés Despouy

Reseña del libro “Muertes Fabulosas” de Juan Andrés Despouy

Muertes Fabulosas

de

Juan Andrés Despouy

Con verdadero dominio de un lenguaje poético que crea panoramas infinitos con las palabras acertadas,  Juan Andrés Despouy de inmediato nos sumerge en un mundo cautivante que enciende las emociones planteando múltiples escenarios a veces desgarradores. Inicia este libro con una serie de historias breves,  elegías que guardan la ausencia de vidas reales o ficticias, que hablan de problemas filosóficos y de la pérdida de valores éticos.

En estos relatos encontramos a la muerte imbricada en la textura de la vida: en cada historia poblada de imágenes vívidas, de interrogantes, surge la inminencia de la muerte y  nos transmite los gestos desesperados que desencadena su injusticia.

Los objetos cotidianos, los animales, los sueños, cobran vidas antropomórficas, se humanizan sus voces y sentimientos. Los símbolos emergen gracias a la imaginación del autor, que con objetos y quehaceres prosaicos crea mundos cuya magia enciende la memoria del lector.

Los caballos – nobles animales cuya lealtad e inteligencia están presentes en la Historia de la Humanidad, desde Bucéfalo hasta el caballo de San Martín-, están a punto de sufrir un exterminio que se extenderá hasta las calesitas y a los palos de escoba hechos juguetes de los niños:   “Les abrirán las fauces y colgarán sus relinchos en la plaza pública…”.  Estas líneas nos remiten a los genocidios, a las exterminaciones, a la crueldad con que se llevaron a cabo en la historia de la Humanidad.

Otras muertes, como el asesinato de la luna, que refleja la verdad e ilumina la oscuridad; la de las tijeras de la modista, que serían las herramientas para cortar los hilos y encontrar la libertad; la de un perro que los humanos mandaron al espacio para orbitar alrededor de la Tierra, cuando descubre que no es un hombre como se había imaginado; la muerte fabulosa de Borges, en el momento en que el genial escritor sueña su muerte y “sabe que la muerte es otro río y que la vida también se inscribe en el agua”, nos permiten ponderar la “soledad circular”, la inevitabilidad del paso del tiempo, las convenciones que anudan nuestras libertades, la hipocresía, la mentira, la corrupción, las palabras desconocidas…, y esta reflexión inscribe en nuestras mentes los detalles póstumos de cada “muerte fabulosa”.

Para la segunda parte, como un prestidigitador de palabras, Despouy desarrolla relatos en prosa, más explícitos tal vez, pero igualmente emotivos y representativos, que hablan de la represión y la tortura en “Un final para el cuento de la hija del comisario”; de la competencia en “Las hormigas”, dónde los protagonistas, vecinos que llevan vidas paralelas, -en su afán por llegar antes a escribir el final de un cuento- se suicidan al unísono; de la guerra y la discriminación en “El secreto”: en este relato descarnado y surrealista el autor empatiza con el personaje y su amor por la poesía cuando evoca a John Keats:

La belleza es verdad y la verdad belleza…

Nada más se sabe en esta tierra y nada más hace falta…,

estrofa que repite en los momentos de angustia, como una plegaria que reafirma su creencia de que la ética y la estética son compañeras inseparables.

En esta segunda parte del libro también brota el humor, que transforma a Cupido en un empleado más del Olimpo, sujeto a fichar cada día en el trabajo, que un día enferma de enamoramiento.  Los cuentos son, a veces, juegos de espejos que contienen otros cuentos en una narrativa fluída que entretiene y a la vez profundiza significados, como en el ingenioso y cruel poema sobre la muerte de los números -considerados barreras que encierran el alma-, que con angustiosa satisfacción concluye: “solamente he decidido perdonar a los números ceros….solo con esa cifra contarán la ausencia con la que cuentan.”

Finaliza con un relato histórico transformado en una magistral herramienta para describir con marcado optimismo la esencia de la Humanidad en el cuento “La modernidad contada a los niños”.  Se trata de un viaje que emprende la Razón a través del Renacimiento, la Ilustración, hasta llegar a un “lugar llamado Auschwitz”, donde unos guardas del campo de concentración asesinan a la luna, pero la ven  brillar sobre los techos a la noche siguiente: “Nadie pudo explicarse cómo ni por dónde había escapado.  Sólo la razón, como un lobo en lo alto de la colina, aulló de esperanza al verla salir en forma de humo por la chimenea.”

Muertes Fabulosas destaca la versatilidad de este joven autor puntano, cuyas cualidades narrativas se van reafirmando en cada nueva obra.

Leandro O. Despouy

(Video) Julio Cortazar – Rayuela 50 años – Salon Rayuela

Entrevista a Leandro Despouy: una singular amistad política

 

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Muy tempranamente Julio Cortázar se hizo eco de las denuncias sobre la violación de derechos humanos en Argentina (“aunque en ese momento se hablaba de derechos y libertades civiles”, aclara Leandro Despouy. “Los derechos humanos son un concepto que nace a fines de los 70 y que más tarde será incluido en los tratados internacionales”). En enero de 1975, es decir, bajo el gobierno de Isabelita Perón y la ola de asesinatos de la Triple A, un joven abogado de presos políticos se exilia en Francia. Pocas horas después de llegar es alentado a rendir su testimonio de los crímenes del peronismo lopezrreguista ante el Tribunal Russell, que sesionaba en Bruselas esa misma semana.

Este Tribunal de opinión, creado por el filósofo y premio Nobel Bertrand Russell en rechazo a la guerra de Vietnam, sería un crucial antecedente para la globalización jurídica y precursor de la Corte Internacional de La Haya. El abogado Despouy luego se convertiría en una figura decisiva para los derechos humanos de Latinoamérica ante la ONU –y tiene la fama secreta de haber colaborado en el andamiaje para la detención del dictador Augusto Pinochet en Londres. Desde 2002 preside la Auditoría General de la Nación y es defensor del juez Baltasar Garzón ante los Tribunales españoles. Este es su testimonio de una singular amistad política.

“Conocí a Cortázar en enero de 1975, al comienzo de mi exilio en Francia, en condiciones muy penosas. Cuando yo emigro no se había declarado aún el estado de sitio pero la metodología de la Triple A ya era muy clara y fue el factor que me expulsó del país. Se había producido la detención clandestina de unas 2000 personas; yo pertenecía a un grupo de abogados que defendía a latinoamericanos refugiados en Argentina, que por entonces eran perseguidos por los criminales que integraban el gobierno de Isabel Perón. ¿Qué podía esperarse de un gobierno cuyo canciller y cuyo ministro de Educación proclamaban abiertamente el ideario fascista? Acababa de producirse el asesinato del abogado Silvio Frondizi. Era típico del accionar en esa época que los asesinos tomaron imágenes del cuerpo ejecutado; esas fotos salían publicadas en todos los diarios. Se tiende a olvidar el enorme poder intimidatorio durante ese año previo al golpe, cuando se sucedían los secuestros sin ninguna resistencia posible; la política de intimidación pública también incluía la publicación de la lista de personas que iban a ser asesinadas próximamente por la Triple A: y seguían un orden exacto. Además de este anticipo macabro e inexorable, cuando el sentenciado iba a ser secuestrado, recibía la carta de amenaza firmada por el último muerto. Así, Frondizi recibió la carta personalizada, “Usted es la próximo”, con remitente de Rodolfo Ortega Peña, a quien acababan de ejecutar…

-¿Usted sabía que lo esperaba el Tribunal Russell?

– ¡En absoluto! Apenas llegué a París tomé contacto con un grupo de artistas argentinos que ya llevaban un tiempo ocupándose del tema, como Antonio Seguí y Julio Le Parc, artistas de renombre que articulaban con el pintor chileno Roberto Matta y otros. Después del golpe contra Salvador Allende, el 11 de setiembre de 1973, en Francia todos estaban muy pendientes de las nuevas dictaduras en Brasil y Uruguay. No bien entrego mi pasaporte en París, pidiendo asilo político, me avisan de que en Bruselas estaba por reunirse el Tribunal Russel II, muy abocado a las dictaduras del Cono Sur. Ese era el epicentro del pensamiento progresista en el mundo. Hasta entonces el Tribunal se había resistido a tratar Argentina porque Isabelita era una presidenta electa y constitucional; no parecía una emergencia… En el Tribunal había varios premios Nobel; además estaban el ex presidente dominicano Juan Bosch, Cortázar y Gabriel García Márquez. Me largué a Bruselas, esperando que estuvieran dispuestos a oír mi testimonio sobre Argentina. Primero tomé contacto con García Márquez. Si bien él era un autor conocido, no tenía el rango mítico y la influencia que ya tenía Julio. Pensar que esas sesiones después se conocerían como el Tribunal Cortázar… Yo tenía apenas 25 años.

– ¿Cómo fue ese intercambio inicial?

– Una de las cosas que me impresionó fue su calidez; tenía una modestia infinita que te seducía. Era un hombre visiblemente tierno y el lenguaje que utilizaba para acercarse era el de un gran interés en el otro. Yo creo que él era consciente de su influencia y procuraba no avasallar. Aunque cuando lo conocí él tendría más de 60 años, es cierto que su rostro no delataba su edad, lo cual se prestaba a cierta confusión. Los años solo se le notaban en las manos, por las manchas propias de su edad. Después recuerdo que cuando vi las fotos de nuestra conferencia de prensa posterior –con su barba renegrida- parecía de mi misma edad. El tenía muy claro que era el gran autor del boom en Europa, que reunía las virtudes del narrador y el intelectual. Por esos años, Cortázar enseñaba a pensar, a sentir, a amar.  Pensemos en el auge de las películas basadas en su obra, como Blow-up. Había todo un mundo cultural, que tomaba el paisaje del amor tal como lo retrataba Rayuela. Paralelamente existía esta leyenda de que era Dorian Gray, el que no envejecía. Pero además, uno descubría que el hombre no tenía nada de divo y asumía su rango con una gran elegancia. Era conmovedor encontrar que detrás de esa figura existía un ser tan delicado. El contacto se situaba de entrada en un ámbito íntimo, te motivaba, tocaba las fibras más sensibles. Sí, era muy intimista. Era el tipo capaz de pasar de “La noche boca arriba” al absurdo de las “Instrucciones para subir una escalera”.

-¿Qué piensa hoy de esta primera denuncia internacional? ¿Era realista o se quedaron ustedes cortos?

– Mi testimonio fueron tres o cuatro páginas. Yo hago mi lectura sobre la persecución a la prensa, a los exiliados latinoamericanos, la transferencia de refugiados a otras dictaduras. En rigor, hablamos de los principios del Plan Cóndor que luego Argentina va a exportar a Centroamérica; hablo de los meses en que fueron asesinados el sindicalista del transporte y ex vicegobernador cordobés Atilio López… Le aseguro que esas pocas páginas destilaban sangre. Ahí estaban los signos más visibles de lo que luego serían los procedimientos, dado que el golpe militar se lanza con todo un sistema bien orquestado; ya empezaban las detenciones clandestinas, ya había niños desaparecidos. Y arranco con una fuerte denuncia sobre los refugiados perseguidos. Cuando estoy por concluir, siento a mis espaldas que alguien se levantó desde atrás, donde están los miembros del tribunal. Y toma la palabra él: “Señores del público, quiero presentarme, soy Julio Cortázar. Y aunque soy miembro de este Tribunal quiero hablar como simple integrante de la audiencia porque soy argentino. Avalo en todos sus términos el testimonio de este joven; esto es el anuncio de que debemos prepararnos para ver en Argentina hechos tanto o más tétricos de los que vemos hoy en el resto de América Latina.” Ahí anuncia que daremos una conferencia de prensa por la tarde y que yo me quedaré en Bruselas para seguir informando…  Alguna vez conté que esa misma noche, caminando por Bruselas con él, cruzamos a un turista de Avellaneda, extraviado en una plaza. Cortázar le empezó a preguntar por las calles de Buenos Aires, por detalles del barrio. Le explicó al turista que necesitaba ese contacto con la lengua y la ciudad para mantener viva y auténtica su narrativa. Una vez que lo reencauzamos a su hotel, Julio acabó firmando 30 autógrafos.

 – Eso lo retrata como un sentimental  de tiempo completo –antes de que el emigrado se convirtiera en desterrado. Luego Cortázar ya no podría entrar en el país ni de visita…

-Yo diría que sí, era un hombre sentimental. Todo en sus libros está a flor de piel. El no necesitaba traer grandes personajes ni figuras históricas. Era un tipo muy entrañable, no diría que un romántico ni un nostálgico. Luego, al conocerlo bien, vi que no era melancólico en su trato. Pensaba mucho en el país, era un enamorado de Argentina.

¿Dio la conferencia de prensa esa tarde?

-Sí, allí va a denunciar que es imperdonable que el continente fuera víctima de una ofensiva que estaba destruyendo la vida pública. Luego de ese tribunal, que finalmente se hizo conocido como el “Tribunal Cortázar”, su dimensión intelectual será mayúscula. Se convierte en un pensador.

Desde 1975 usted se quedó en Francia; ¿se siguieron viendo?

– Lo frecuenté mucho en su relación con Carol Dunlop. Eran muy tiernos y compañeros pero siempre muy vinculados a la creación. Nosotros lo cargábamos, “Julio, parecés un pendejo”. Mi relación con él se sostuvo durante años, siempre mediada por las actividades de solidaridad; siempre lo veía en “las galas”. Las galas eran actos de denuncia a las que venían artistas comprometidos para juntar fondos, como Georges Brassens, Paco Ibáñez. Cortázar estaba muy atento y quería ser el articulador. Cuando había que lograr pronunciamientos, ofrecía sin vacilar todos sus contactos, se ocupaba de condenar situaciones. Es el compromiso que se expresa en su literatura de los años 70, el Libro de Manuel y Nicaragua tan violentamente dulce. El acompaña todos esos procesos con entusiasmo y va a encarnar una interpelación sobre las desapariciones forzadas como un fenómeno que asolaba al país. Los argentinos tuvimos el triste privilegio de exportar los métodos represivos. Esto nos llevó a organizar el Coloquio de París “La política de desaparición forzada de personas”, que se realizó en el Senado francés en enero de 1981 y se convirtió en un libro Le refus de l´oubli (Negación del olvido), con prólogo de Cortázar y numerosos testimonios de organismos de derechos humanos. Este Coloquio tuvo una enorme repercusión en Europa.

-Cortázar se fue apenado de su última visita a Argentina, en diciembre de 1983. Moriría en febrero de 1984. Sus últimas cartas reflejan sorpresa por la popularidad encontrada en las calles y también decepción. A mediados de diciembre escribe al editor argentino Mario Muchnik, residente en España: “El reverso de la medalla existe, ay. Aquello sigue siendo un país lleno de chantas, que acusan a los demás de todo lo que pasó pero se excluyen cuidadosamente porque ellos son buenos y valientes y democráticos… La falta de responsabilidad, o su delegación en los demás, sigue siendo el mayor peligro del país”. Además, lo defraudó que no lo recibiera Raúl Alfonsín.

-No lo vi en Buenos Aires en la última visita… El vino de paso, a la vuelta de Chile, porque finalmente le dieron garantías de que podría entrar y salir sin problema. Sobre ese episodio con Alfonsín, supe lo que manifestó la secretaria Margarita Ronco, desmintiendo las muchas versiones que hubo al respecto, por ejemplo, que el presidente electo no quiso verlo. Ella asumió gran parte de la responsabilidad por la mala transmisión de la agenda. Lo último que recuerdo es a un Julio enfermo, preocupado por las muchas transfusiones, y su gratitud hacia Aurora Bernárdez, su primera esposa, que lo asistía tanto. El recuerdo aquí se me confunde con algo que haya leído o que le contó un amigo cubano. Julio le dijo –o nos dijo- que con toda la sangre y las medicinas que tenía en el cuerpo ya le daba fatiga escribir, lo que para él era lo mismo que vivir.

 

Leer entrevista en Clarin.com

 

(Cuento) La Confesión – de Leandro Despouy

(Cuento) La Confesión – de Leandro Despouy

LA CONFESIÓN

 

Leandro O. Despouy

 

El comisario general de la Policía española en retiro Manuel Núñez Pedraza es uno de esos raros personajes que surgieron durante el periodo de transición política en España, y que jugaron un papel invalorable en la consolidación del sistema democrático. Pero sus peculiaridades abarcan también otros rasgos no del todo comunes en sus colegas, como la sencillez con que se expresa y la forma no convencional en que habla de sus peripecias y de los avatares de la profesión de agente del orden. A los 50 años, no solo es abuelo sino que además goza de la alegría y la dicha de tener una compañera inseparable, cuyo nombre, Encarnación, habla por sí solo de sus dones y encantos.

Modesto, disimula con ingenio su visible estirpe de hombre afortunado. Entre las múltiples aventuras de su trayectoria se cuenta la de haber sido el fundador y primer presidente del Sindicato de Comisarios de España, y haber creado un provocador mecanismo de autocontrol policial, clandestino, del que entonces no se enteraron los jueces. Fue tan eficaz, que el propio personal policial se autocontrolaba las infracciones que podía cometer antes de que fueran a consumarse. Ya cumplido su ciclo más importante en España, pasa gran parte de su tiempo en misiones especiales de las Naciones Unidas para participar en la formación y entrenamiento de agentes del orden y de funcionarios responsables de hacer cumplir la ley en países del Tercer Mundo, sobre todo en los que estén atravesando periodos de transición a la democracia.

Lo conocí en un seminario para jueces y policías en el Paraguay, oportunidad en la que ambos éramos disertantes. Este hombre sabio y experimentado daba sus charlas con un entusiasmo inusual y su principal atractivo eran la franqueza con que se expresaba y la originalidad de sus métodos pedagógicos, que nos causaban sorpresa y más de una vez llegaron a conmovernos. Sin embargo, lo que no podíamos suponer en ese momento era el grado de crudeza y realismo que habría de darles a sus relatos. En medio de una discusión frontal, sincera y muy acalorada, con varios jueces y policías que participaban en el seminario (sobre la relación positiva entre el respeto de los derechos humanos y la eficacia en la investigación criminal), el ex comisario se detuvo, miró hacia atrás y le dijo al otro expositor español que habría de sucederle:

–Paco, cuenta, por favor, la historia de los dos muditos.

–¿Cómo? –respondió perplejo su acompañante.

–Sí –dijo Manuel–, cuéntanos aquí la historia de aquellos muditos a los que les enseñaste a hablar.

–Bueno, aunque no lo veo conveniente, si usted me lo pide, Comisario… Después de todo, estamos entre colegas, y quienes no lo son también pueden entenderlo.

–Sí. ¡Cuenta, hombre!, que aquí más de uno debe haber conocido o vivido historias parecidas.

 

Paco, joven y expresivo, arrancó con el relato. Hacía mucho tiempo, cuando acababa de ingresar a la Guardia Civil, debió cumplir funciones en su provincia natal. Por eso, era particularmente sensible a la imagen o la opinión que pudiera hacerse la gente de su propio pueblo acerca de su eficacia profesional como policía.

Eso explica que la denuncia sobre el robo en la caja fuerte de don Rodrigo Pena de Mendrete movilizara todas sus energías. Se trataba, nada más ni nada menos, que del hombre más importante del poblado. Ex juez, hombre rico y de alcurnia, don Rodrigo había conservado e incluso acrecentado su fortuna a través de una conocida oficina de escribanía que destinaba el grueso de sus actividades a discretas pero voluminosas operaciones de préstamo y usura. Muy amigo de los obispos, influyente y severo, era viudo hacía dieciocho años, cuando su mujer se quedó en el parto del único heredero, un muchacho regordete y fofo que, para colmo, ni siquiera podía articular una palabra.

La información sobre el robo llegó por una llamada del mismo don Rodrigo y de inmediato Paco y el comisario Robles fueron a la casa. Los llevó a su escritorio y allí les mostró la caja fuerte, que aún permanecía abierta. Pero lo que más indignación parecía causarle era la facilidad con que se había perpetrado el robo: sin ejercer fuerza y utilizando su propia llave. Y aunque la suma no era muy alta, había que descubrir al ladrón, pues de lo contrario don Rodrigo no dormiría tranquilo. Ni tampoco dormiría tranquilo ningún policía del pueblo, pues nadie tendría garantizado el cargo mientras el robo no fuese esclarecido. Al menos, esa fue la convicción que Robles le transmitió a Paco:

–Hay que dar con el delincuente, cueste lo que cueste. Se haga lo que se haga, usted me lo trae, ¿entendido?

Las primeras pistas concretas y relevantes conducían con toda coherencia al propio hijo de don Rodrigo Pena de Mendrete, aquel muchachote de aspecto indefinido, de entre quince y diecocho años, sordomudo, cuya discapacidad había acentuado otras de tipo emocional o mental.

La única ventaja de su profunda sordera era que le permitía no escuchar los insultos de su padre, que lo responsablizaba de haber quedado viudo. Desde la muerte de su esposa, la  vida social de don Rodrigo se reducía a visitar al Obispo, y su hobby predilecto era coleccionar armas. Arrogante, neurasténico y cada día más avaro, sus actividades profesionales se limitaban a ejecutar morosos e incrementar préstamos leoninos.

La pista se transformó en certeza cuando descubrieron que el hijo de don Rodrigo era íntimo amigo de otro mudito, un tanto más despierto y astuto. Ambos eran como hermanos. Estaban la mayor parte del día juntos, por lo que Paco y Robles se jugaron una fija cuando los llevaron a la comisaría, los pusieron de pie mirando la pared y les dijeron que tenían cinco minutos para confesar el pecado.

Tanto para Paco como para quienes tenían mucha más experiencia que él, lo lógico era –y esa fue la composición de lugar que se hicieron– que a los pocos minutos, o como máximo antes del transcurso de una hora, los muditos terminarían por inventar algun método ingenioso para indicarles dónde estaba el cuerpo del delito, vale decir, el dinero de don Rodrigo.

Sin embargo, no fue así, y ambos permanecieron quietos, casi inmóviles, como aterrados, sin hacer el más mínimo gesto, salvo el de cerrar los ojos cuando se los miraba de frente y se les exigía una confesión. ¡No hubo caso! Las horas pasaban y ambos permanecían quietos e impávidos, como momificados.

La convicción de que eran los autores del hecho delictivo y la inquietud iban en aumento a medida que se incrementaba la presión de don Rodrigo. Por eso, no les costó demasiado golpearlos y castigarlos por primera vez. Los muchachos ni siquiera lloraban, y la paciencia policial se iba agotando. De las manos y el cinturón pasaron a la picana, y de esta a todo tipo de suplicios, hasta que un día, por fin, los muditos hablaron, y aunque no fue mucho lo que dijeron, para Paco y Robles era, en principio, suficiente.

Paco tenía a uno apretado entre las rodillas y al otro le golpeaba fuerte las orejas cuando leyó en los ojos de ambos la decisión de hablar.

–¡Sí, sí; yo fui, yo fui! –dijeron ambos, al unísono.

Aquellas primeras palabras de los muditos llenaron de alivio y alegría a los policías. Contentos y satisfechos, de inmediato fueron a la casa de don Rodrigo y con todo entusiasmo le dieron la noticia.

–Par de idiotas –dijo con sequedad y desprecio don Rodrigo–. Ahora, me consiguen el dinero, todo el dinero, me entiende, don Robles –y lo repitió una vez más.

Desesperados, al día siguiente salieron a la caza de los dos muditos. Los encontramos en una esquina. Estaban jugando con una herradura que había perdido el caballo de un cochero, y reían cada vez que uno o el otro se la apoyaba en la  frente. Al ver a los policías se pusieron muy nerviosos y cuando les hicieron señas de que se los llevarían a la comisaría empezaron a decir:

–¡Sí, sí; yo fui, yo fui!

Lo decían  en forma monocorde, como si repitieran una frase largamente ensayada.

En la comisaría empezaron a pegarles y pegarles con brutalidad, pero no soltaban prenda. Al día siguiente tampoco hubo resultados, y tampoco en los días subsiguientes; aquello se transformó en rutina. Lo cierto es que cada vez que ellos los veían, se tomaban de la mano y repetian:

–¡Sí, sí; yo fui, yo fui!

Todo lo que hicieron Paco y Robles fue en vano. Tan seguro estaba Paco de lo que hacía, que se atrevió a contárselo a su esposa:

–Realmente, ya no sé cómo hacer. No sé si son estúpidos o se hacen, pero yo no puedo más. ¡Les he dado las palizas más grandes de mi vida, sin resultado alguno, y es eso precisamente lo que todas las mañanas nos exige don Rodrigo!

La mujer de Paco lo miró con lástima e inocultable desprecio. Indignada, le dijo que se avergonzaba de él, que ella sufría tanto o más que los muditos, porque ella era su esposa, y lo amaba. Y que se sentía humillada porque la tortura denigra más al que la practica que al que la sufre. Y que, a pesar del inmenso dolor que le causaría a ella si algún día lo torturaran, prefería estar casada con un torturado antes que con un torturador.

Durante tres o cuatro días Paco no hizo nada, pero estaba enloquecido, perturbado. Sentía una doble humillación: sobre todo, porque para su esposa el verdadero héroe de la película no era él sino los muditos, cuyas fechorías le faltaba probar, y, en segundo lugar, porque no obtenía resultado alguno, pese a la brutalidad de los medios que aplicaba.

Sin embargo, esta confusión y el inmovilismo que el reto de su mujer trajo aparejados no duraron mucho, porque don Rodrigo llamó a Robles y le dijo que el dinero tenía que estar de vuelta en su caja fuerte en los próximos días.

Paco encontró a los muditos en la calle. Ellos, en vez de pronunciar su saludo habitual, le entregaron un diario doblado, dentro del cual había unas pesetas y algunos caramelos. Pero el dinero era muy escaso, y a golpes les dio a entender que la cantidad que debían devolver era exactamente la misma que habían sustraído de la caja fuerte de don Rodrigo.

Pleno de rabia y de enojo, esta vez se decidió a seguirlos; quería ver con quiénes se encontraban, dónde guardaban el dinero. Pero se llevó una sorpresa que lo dejó helado.

–¿Sabes lo que hacen tus regalones y protegidos muditos? –le enrostró Paco esa noche a su esposa–. Son lisa y llanamente dos vulgares rateros. Esta mañana los seguí y los vi tratando de robar dinero de la caja de la carnicería de don Sancho, que, para colmo, parece quererlos mucho. Yo los vi, te juro, los dos estúpidos, tratando de meter la mano en la caja, cuando llegó la mujer.

–Sí, no te discuto –dijo la esposa–. Pero un torturador es peor que un ratero, ¿me entiendes?

Paco terminó por convencerse de que sería más fácil que los muditos le entregaran todo el dinero faltante que lograr que su mujer comprendiera las enojosas exigencias de su profesión.

Al día siguiente, no tuvo necesidad de ir a buscarlos, sino que ellos fueron a la comisaría, aunque esta vez sonrientes y contentos, a dejar… veinticinco duros. Demasiado poco. ¡Les dio una paliza…!

 

Finalmente, se resolvió el misterio.

Resultó ser que una muchacha de no más de quince años –que, mientras don Rodrigo dormía la siesta en el solemne sillón de la biblioteca solía acariciarle la pantorilla– había aprovechado para abrir, con la propia llave de su dueño, la caja fuerte y se había llevado el sobre tan buscado, sin saber cuánto contenía. Las muchas palizas y reprimendas que le dio su madre la decidieron a entregar el sobre a un primo, que también era policía, sin haber tocado un solo duro.

Paco y su jefe le llevaron a don Rodrigo el sobre intacto, pues nunca había sido abierto. Él lo recibió contrariado, como con desgano. En sus ojos seniles había disgusto e indiferencia, acaso por el bochornoso desenlace de la investigación.

Cuando los policías se iban,  en la puerta estaban los dos muditos, que se pusieron muy nerviosos, se tomaron de la mano y entonaron su cantinela:  “¡Sí, sí; yo fui, yo fui!”.

Paco y Robles, los grandes pedagogos de la ciencia, el amor y la comunicación, que hasta habían logrado hacer hablar a dos muditos, aprendieron de golpe lo que eran la vergüenza y el autorrepudio y se sintieron acusados por la mirada inocente, generosa y profundamente humana de las dos criaturas.

“En aquel momento”, finalizó Paco su relato, “comprendí que a veces los verdugos flagelamos por encargo de otros hombres más crueles aún que quienes torturamos, y sentí ganas de llorar como las que siento ahora, cuando recuerdo que en mi provincia natal –allí adonde hubiese querido volver con mi mujer y mis tres hijas– un par de muditos, durante mucho tiempo, cada vez que veían un policía en la calle se tomaban de la mano y al unísono repetían:

”–¡Sí, sí; yo fui, yo fui!”.

Los 90 de Cortázar

Los 90 de Cortázar

Jueves, 26 de agosto de 2004
Pagina/12 – Contratapa

Por Leandro Despouy

Hace exactamente 90 años que Julio Cortázar nació en Bruselas. Yo lo conocí justo allí cuando él tenía 60, en enero del ’75. Era miembro del Tribunal Russell, que era el único tribunal de los pueblos que se había creado para entonces y ya gozaba de un gran prestigio, sobre todo a raíz de las contundentes denuncias sobre las atrocidades cometidas en Vietnam y por lo que estaba sucediendo en América Latina. Además, se lo identificaba con el nombre de su fundador, el célebre filósofo y matemático británico y Premio Nobel de la paz Bertrand Russell.

Pocos días antes yo había llegado a París como exiliado. Allí recibí el apoyo de un grupo de intelectuales y artistas latinoamericanos –entre los cuales recuerdo a Julio Le Parc, Antonio Seguí, Ricardo Carpani, Graciela Martínez, Jorge Perié–, quienes de inmediato me propusieron que presentase mi testimonio ante el Tribunal. Habían formado un comité de solidaridad con la Argentina y antes habían combatido duramente las dictaduras de Juan Carlos Onganía, Roberto Marcelo Levingston y Alejandro Lanusse. Cuando los vi por primera vez se estaban organizado para denunciar la campaña de intimidación y los crímenes de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina que dirigía José López Rega. Yo había sido víctima de un atentado suyo.

Cortázar me recibió con afecto, junto con Gabriel García Márquez, logró que el presidente del tribunal, Lelio Basso, incluyera a la Argentina en el temario. Cuando terminé mi relato, Cortázar se levantó de su banca de juez, descendió de la tribuna y desde el micrófono destinado a las preguntas del público dijo, compungido, que hacía suyo el testimonio que acababa de escuchar. Después lanzó una dramática advertencia a la opinión pública internacional, “frente a las tétricas perspectivas que ensombrecían el futuro inmediato de mi patria”.

Cortázar era entonces uno de los escritores latinoamericanos más famosos. Nos encandilaba su prosa urbana. Rayuela envolvía la íntima ceremonia de nuestros encuentros amorosos.

Su compromiso como hombre, sumado a esa peculiar expresión de eterna juventud que traducía su semblante, lo transformaban en una personalidad sumamente atractiva para la prensa internacional. Por esta razón mi testimonio tuvo un impacto superior al esperado, al extremo de que el jurado pidió su ampliación para el día siguiente. Ello posibilitó un mayor acercamiento a Julio que, junto a las intérpretes del Tribunal, cubrieron mis gastos de alojamiento.

Cortázar sentía por Argentina un afecto inmenso, sólo comparable a la nostalgia que le provocaban sus largos años de exilio, voluntario al comienzo, forzado después. Recuerdo la pena con que contaba el frustrado intento de encontrarse con su madre en Brasil y las amenazas que lo obligaron a abandonar ese país pocas horas después de su llegada. Le encantaba hablar con sus compatriotas, pedía que le contaran cómo estaba Banfield, Avellaneda, el Parque Lezama.

Aquella noche, mientras caminábamos por la Grand Place me iba contando la historia de algunos de sus bares que habían sido frecuentados Marx, Engels y otros personajes del siglo XIX. Pero cuando nos disponíamos a tomar una de las pequeñas calles peatonales que circundan la plaza escuchamos un grito, no muy lejos de nosotros, que en forma aparatosa reiteraba la palabra “perdido”.

–No te des vuelta –me dijo–, seguramente se trata de algún argentino que me ha reconocido.
Seguimos caminando rumbo al restaurante donde nos esperaban cuando volvimos a escuchar el alarido, esta vez precedido de un insulto. Intrigados, nos dimos vuelta y vimos con sorpresa a un muchacho de unos 25 años que en forma desesperada trataba de incultos a los belgas por no hablar el español y por no socorrer a una persona extraviada.

–Mirá, mirá bien, sólo uno de los nuestros puede hacer semejante papelón –dijo Julio–. Y lo peor es que no lo vive así. Directamente no le importa… Ay, Leandro, los argentinos sorprendemos al mundo por la facilidad con que pasamos de lo sublime a lo grotesco.
Se acercó un mozo español:
–Oye chaval, si te comportas así te van a tomar por un loco. Deja ya de gritar y dime en qué tour has llegado.
Nos acercamos; el muchacho era, curiosamente, de Avellaneda y de inmediato entabló con Julio un intenso diálogo que se mantuvo hasta que el español regresó y le dijo que su hotel estaba a sólo dos cuadras de allí. Decidimos acompañarlo. Cuando llegamos, en la planta baja del hotel estaban reunidos todos los integrantes del tour que ya habían pasado más de una hora de espera, inquietos y fastidiados, sin poder salir a cenar.

Lo vieron entrar y de inmediato el guía se abalanzó sobre él. Serenamente, nuestro “encontrado” dio unos pasos hasta instalarse en medio de la concurrencia y con soberana dignidad los interpeló: “¡Oigan!”. Y les contó con quién estaba. Esa noche Julio firmó una treintena de autógrafos. Estaba contento. Recuerdo aún que al irnos me dijo con resignación y un dejo de complicidad:
–Qué duda te cabe de que somos argentinos.

Fuente

26AGO04-90-DE-CORTAZAR